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El veneno

 Se que es distinto ahora, que el frío ya no viene sólo. Ahora, que esperamos tibiamente el desasociego, la puñalada de plata. ¿Qué hay en tu aliento tibio, que ya no duele? Comiste miel, y limón y jengibre. Esperaste. Comiste la carne del animal, y tus dientes se mancharon con tabaco. Yo quiero que vuelva a doler, estar tan cerca, oliendo tu respracion tibia, tu olor a shampoo de manzana. Fumabamos todo el día, escupiamos sangre. Había dolor, pero porque hacía frío y nuestras ojeras crecian. Se exparsian. Como se exparsio la ausencia. La ausencia de fragancia, de olor a humo. Todo eso había, y ahora espero cruzarte para que me apuñales con tu cuchilo de plata, con tus agujas, con tus uñas, con tus dientes. El veneno.

El gato

 En las noches, antes de dormir, Pedro solía sacar el plato de comida del gato a la cocina, dónde una ventana permanecía abierta para que Moncho pudiera entrar y salir a gusto. Aunque hacía semanas que no lo veía, igualmente, religiosamente se tomaba el trabajo de llevar y traer, de vaciar y rellenar, el jarrón de agua, el tarro de comida. El de cerrar la ventana, y esperar a la noche para abrirlo. Cuando salía de su casa, solía pasear mirando por todos lados, por si de casualidad lo veía. Pero hacía semanas que no lo veía. Que no estaba. Que el gato negro, color pantera, con ojos aceitunas, con cicatrices, sin un diente, enfermo, no aparecía. Pensó en pegar carteles, en subirse al techo, conseguir un dron, pero nada pasó. Y dejó de dormir, y dejó de dar vueltas en la cama, que estaba muy ancha, que era muy fría. Y pasó a quedarse en la cocina, tapado del frío que entraba por la ventana abierta. Esperando. Miraba la tele por horas, con el mate al lado, veía a la national geographic...