El gato
En las noches, antes de dormir, Pedro solía sacar el plato de comida del gato a la cocina,
dónde una ventana permanecía abierta para que Moncho pudiera entrar y salir a gusto.
Aunque hacía semanas que no lo veía, igualmente, religiosamente se tomaba el trabajo de
llevar y traer, de vaciar y rellenar, el jarrón de agua, el tarro de comida. El de cerrar la ventana,
y esperar a la noche para abrirlo.
Cuando salía de su casa, solía pasear mirando por todos lados, por si de casualidad lo veía.
Pero hacía semanas que no lo veía. Que no estaba. Que el gato negro, color pantera,
con ojos aceitunas, con cicatrices, sin un diente, enfermo, no aparecía.
Pensó en pegar carteles, en subirse al techo, conseguir un dron, pero nada pasó. Y dejó de
dormir, y dejó de dar vueltas en la cama, que estaba muy ancha, que era muy fría. Y pasó
a quedarse en la cocina, tapado del frío que entraba por la ventana abierta. Esperando.
Miraba la tele por horas, con el mate al lado, veía a la national geographic, pero lo
cambiaba cuando aparecía un tigre, o algún animal parecido. Entonces se acercaba a la
ventana, se desesperaba, maullaba, se frotaba contra las paredes. Se tomaba el agua del jarrón,
se comía la comida del tarro, dejando los recipientes vacíos y se iba a dormir.
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